INTERNACIONAL
El análisis

Que no nos confundan

Al analizar el contenido de la Estrategia de Preparación Europea, surge una pregunta inevitable: ¿nos toman en serio, nos están confundiendo?

Así es el kit de supervivencia que pide Europa ante futuras crisis como guerras o desastres.EL MUNDO
PREMIUM
Actualizado

La Comisión presentó ayer 26 de marzo de 2025 su Estrategia de Preparación Europea, un plan que según sus promotores busca proporcionar a una plétora de actores herramientas para enfrentar "las amenazas emergentes". La iniciativa se anuncia urgente y necesaria: vivimos bajo el signo de la incertidumbre. Sin embargo, al analizar el contenido y, sobre todo, la forma en que se nos ha participado, surge una pregunta inevitable: ¿nos toman en serio, nos están confundiendo?

El documento oficial, auspiciado por Kaja Kallas -la sucesora de Josep Borrell- y sobreactuado por la comisaria de Igualdad, Preparación y Gestión de Crisis -Hadja Lahbib- arranca con una mención a la "guerra ilegal de agresión de Rusia contra Ucrania". Es la única referencia explícita en el texto al concepto de conflicto bélico. A partir del primer párrafo, la enumeración de riesgos se diluye en un batiburrillo de amenazas dispares: tensiones geopolíticas, ciberataques, sabotajes, cambio climático, cataclismos naturales... El planteamiento atrapalotodo, abarca tanto que circunstancias que nada tienen que ver pierden su relieve. No hay prioridades. Pero los europeos no atravesamos un periodo cualquiera. Lo excepcional, lo diferenciador de la situación actual -lo que nos quita el sueño-, es la posibilidad real de una conflagración militar que alcance nuestro territorio común; nos golpee. Y en este marco, la propuesta de Bruselas se aprecia desenfocada, hasta frívola.

Porque no contenta con la comunicación y las distintas declaraciones (de buenistas: "arregla tu tejado cuando el sol está brillando", de Roxana Mînzatu, vicepresidenta ejecutiva de la CE de Derechos Sociales y Competencias; hasta insípidas: "Nuestros ciudadanos, nuestros Estados miembro y nuestras empresas precisan las herramientas adecuadas tanto para prevenir las crisis como para reaccionar rápidamente ante una catástrofe", de la mismísima Von der Leyen), la citada comisaria -¿en pos de protagonismo?, ¿cartera de retales?- ha decidido ilustrar la primicia -cabecera de 30 iniciativas que se proyectarán hasta los ámbitos más recónditos de la Unión- con una performance en la red social X que roza la burla. En tono ligero y atragantada por risas a diente libre, nos explica cómo componer un "kit de supervivencia"; glosando cerillas, una navaja suiza, un cargador de móvil (se supone que cargado) o incluso una baraja (inglesa). ¿Es esto una broma? ¿Podemos conjurar la mayor amenaza estratégica en décadas enarbolando una mochila variopinta? No es discutible la utilidad en abstracto de organizarse a conciencia para la eventualidad de una catástrofe natural o tecnológica que nos ponga en un brete. Demasiado cerca tenemos la tragedia que simbolizan los heroicos vecinos de Paiporta. No hay que trivializar; es cosa seria.

Mientras los europeos vemos la guerra en nuestra frontera este redibujar el mapa de la seguridad del continente; mientras se celebra en las Cortes españolas un debate impostado por el presidente del Gobierno y sus socios sobre el rearme inexcusable en las responsabilidades OTAN, la Comisión nos distrae -a carcajadas- con una lista de la compra digna de un fin de semana en el campo. No nos equivoquemos: la prevención es vital. Pero la preparación requiere hoy, ante todo, reforzar nuestra defensa; aumentar los presupuestos militares, coordinar ejércitos, garantizar que Europa no sea tablero de ajedrez de quienes se arrogan determinar el futuro, o comparsa en un mundo que se rearma a marchas forzadas. La invasión rusa de Ucrania no es un riesgo más entre otros; es el epicentro de un peligro que nos interpela. Mezclar ese reto existencial con advertencias genéricas sobre ciberataques o inundaciones no sólo dispersa la atención, sino que banaliza lo que está en juego. Y si encima se nos cuenta con risitas y consejos de boy scout, el mensaje es aún más transparente: no nos tratan como adultos.

Lo último que los europeos precisamos es que nos confundan con un popurrí de amenazas indiscriminadas y nos hablen como a niños que hay que entretener. ¡Qué se dirijan a nosotros como lo que somos: ciudadanos conscientes de la criticidad del momento! La guerra no es un escenario lejano; está a nuestras puertas. Y no nos sirven kits de excursionismo ni discursos que desdibujan la envergadura de lo que enfrentamos. Un liderazgo claro, una Europa que se rearme y se haga respetar. Lo demás es ruido, y el ruido, en tiempos como estos, es un lujo que no podemos permitirnos.